Uno mismo y los demás.

Los seres humanos no pueden ser realmente felices viviendo aislados. Podemos tomar un solitario sendero, pero aun así sera nuestra relación con los demás lo que definirá en gran medida la cualidad de nuestra vida  y compartir nuestra energía, que es la forma más elevada de usar propia libertad.

Si espiritualmente nos conocemos a nosotros mismos , aceptamos que los demás no pueden cambiarnos, nosotros también no podemos cambiar a los demás ni tendremos ninguna necesidad, ni deseo de hacerlo. Cuando más intentemos controlarlos, menos influencia tendremos sobre ellos, y más desasosiego nos causaremos por la frustración de intentar cambiar lo inalterable.

El estado de conocerse a si mismo realmente disuelve la necesidad egoísta de juzgar, atacar, criticar o controlar a lo demás. Cualquier miedo que los demás puedan originarnos se desvanece al saber que  formamos una unidad con ellos, aunque lo desconozcan. La prosperidad de todas nuestras relaciones con los demás, desde la más íntima hasta la menos profunda, depende de la relación que mantengamos con nosotros mismos.

Al cultivar este conocimiento, el jardín que compartimos con los demás florecerá por si solo.

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